Un hombre avanza desesperado por el desierto. Acaba de beber la última gota de agua de su cantimplora. El sol sobre su cabeza y los buitres que le rondan anuncian un final inminente.
¡Agua! ¡Agua! ¡Un poco de agua! Grita con desesperación.
De repente, ve cómo se acerca un beduino en un camello...
¡Gracias a dios, agua por favor, agua!
No puedo darte agua, dice el beduino, soy un mercader y el agua es necesaria para viajar por el desierto...
¡Véndeme agua! ruega el hombre... ¡te pagaré!
Imposible, no vendo agua, vendo corbatas... mira que maravillosas corbatas, seda de la india, fabulosas y están de oferta...
No, gracias, no quiero corbatas quiero agua...
El mercader sigue su camino y el sediento explorador sigue su camino por el desierto...
Al escalar una duna, ve venir a otro beduino. Corre hacia él y le implora un poco de agua, pero el nuevo mercader le responde:
Agua no, pero le puedo ofrecer las mejores corbatas de Arabia.
¡Corbatas, no quiero corbatas! ¡Quiero aguaaaa! grita desesperado...
Enfurecido sigue sediendo perdido hacia ningún lugar. Unas horas más tardes, arrastrándose hacia lo alto de una altísima duna desde donde puede ver a lo lejos un oasis, unas palmeras y un verdor increible rodean el azul reflejo del agua.
El hombre corre con sus últimas fuerzas temiendo que se trate de un espejismo, pero no, el oasis es de verdad.
El lugar está cuidado y protegido por una cerca que está custodiado por un guardia.
Por favor, déjeme pasar necesito agua...
A lo que el guardia responde...
¡Imposible! ¡Está prohibido pasar sin corbata!